Un número. Y debajo, un nombre.
Llevo la maleta hasta una esquina en la que hay otro grupo de cabinas telefónicas. Me tiembla la mano cuando introduzco mi tercera moneda de diez centavos. Marco el número. El teléfono suena y suena. Siete veces. Nueve. Al duodécimo timbre, alguien atiende.
-Debes de estar desesperado por verme. -La voz suena lánguida, seductora, como si su dueña acabara de despertarse.
Ahogo una exclamación, sin saber muy bien qué decir.
-¿Hola? ¿Eres tú, Charlie? -coquetea-. Si no vas a decir nada...
-¡Espere!-grito.
-¿Sí? -La voz se ha vuelto suspicaz.
Respiro hondo.
-¿Samantha Jones? -pregunto.